Desde
que era pequeña he visto películas en las que aparecen siempre lo
mismo: Princesas con trajes increíbles, sapos que se convierten en el
amor de tu vida, brujas que siempre acaban cayendo por precipicios,
príncipes azules y varitas mágicas que lo arreglaban todo con tan solo
agitarla. Me pasé toda la vida besando ranas por culpa de Disney. Y hoy
descubro que nada de eso va así, que de repente apareces, sin polvos
mágicos, sin trucos, sin carrozas de caballo ni hadas madrinas. E increíblemente sin saber por qué, me imagino contigo dentro de mil años paseando por la calle agarrados de la mano; de repente tengo la certeza que la próxima vez que te bese no será la última; que siempre recordaré el olor que se me queda cada vez que estoy contigo y que cuando escuche tu nombre no podré evitar sonreír, como si de un conjuro se tratara. Esbozo la sonrisa más grande si me concedes un baile en tu habitación, si en vez de un largo vestido me cubre tu sábana , si tengo que tragar manzanas amargas para que me des un beso o si tengo que aguantar a enanitos gruñones. Y me da igual si a las doce se pasa el hechizo y desaparezco, porque sé que al día siguiente serás tú el que llame a mi telefonillo preguntando por mí, tan puntual como siempre. Puedo pincharme con una rueca y dormir cien años si es contigo, si eres tú el que me despierta. Quizá no me salves de dragones, madrastras ni mazmorras; pero me siento segura si estoy contigo. Mi escudo, mi roca, mi mitad.
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