
Seguía
andando cuando de repente el camino se abrió en dos. Me senté. Ni
siquiera sabía lo que supondría aquella elección para mí, como de costumbre en la vida cuando te encuentras ante varias opciones. Y allí, tirada
en la hierba de aquella explanada, miraba de derecha a izquierda
intentando averiguar hacia dónde me llevarían exactamente cada uno de
los dos senderos. Las agujas de mi reloj no dejaban de moverse, el
tiempo corría, y me quedaba sin apenas tiempo para decidir. De repente,
entre la maleza del camino de la derecha que se perdía en el horizonte,
encontré un cartel escondido detrás de algunos matorrales que te
indicaba hacia dónde guiaba. Después de eso no hice más que
buscar como loca el cartel del otro sendero, pero no encontré nada.
Pensé y pensé durante un buen rato, y cuando vi que el sol estaba
comenzando a caer por el manto de rutilantes colores que formaban las flores, decidí escoger. Al principio estuve a
punto de ir hacia la derecha, hacia el cartel, pero lo pensé mejor y
fui hacia lo desconocido. Ahora, tras todo aquél trayecto caminado con la valentía de compañera, soy feliz, y me pregunto qué habría sucedido si hubiera escogido otro camino, el fácil, el de no pelear, el
que te lo daba todo hecho, el que te indicaba a dónde iba, el del
cartel en el que ponía en letras grandes: CAMINO HACIA LA FELICIDAD. No importa hacia dónde me habría llevado, no suelo perder el tiempo en condicionales, no creo que hubiera conseguido esbozarme sonrisa más grande que la de hoy.