La noche en la que decidiste no dormir a mi lado nunca más, me seguí sintiendo igual de sola, aunque Baco viniera a por mí. Te busqué de resaca en resaca, de beso extraño en beso extraño, pero ninguno me inspiraba como cuando inspiraba tu olor. Y aquí sigo, durmiendo entre las dos almohadas de una cama que es infinita sin ti, nunca pensé que un metro y diez centímetros dieran para tanto: esconden besos, susurros, caricias, recuerdos... Pero los esconden tan bien que no los encuentro, ya no me encuentro: uno, dos, tres, cuatro.... ¿Hasta qué número hay que contar para encontrarte? Aquí, llorando tinta, te escribo este poema asonante y disparatado que sin quererlo grita tu nombre.
Después de todo (después de ti, que fuiste mi todo) solo me queda recordar eso que me vino a la mente cuando llegaste y te presentaste: yo, que vivía enamorada de ti sin saberlo, de repente te veo por primera vez.
Y pese a que aquel portazo se
llevara mi orgullo y mil lágrimas, no se llevó esta angustia que solo
espera escuchar una llave o un teléfono, una risa o un te quiero,
un para siempre más para la lista de ojalás que recitábamos cada mañana. Dicen que las mariposas no viven más de dos meses, pero
en mi estómago tengo un puñado que son inmortales, y ahí están,
atrincheradas y sin intención de ir muy lejos. Tú eras mi núcleo, pero
soy procariota.
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